¡Y cuando pensábamos que todo había pasado! Jamás la volví a mirar a los ojos. Se giró un momento que duró una eternidad a medio camino entre el infinito y el pensamiento de un colibrí. Me miró, fijamente, hizo una fotografía de mi cuerpo, de mi cara y de mi espíritu, y cuando terminó, volvió al camino de la vida.
En este caso, su camino no era más que una carretera solitaria que bordeaba la costa, pero no por ello, se trataba de un camino menos importante.
Sí, aquella fue la última vez que la vi con los ojos.
Durante un momento, más o menos tres horas, me sentí confuso ya que aunque se había marchado, no me sentía triste. Me quedé mirando el mar y poco a poco comprendí.
Volví a mi casa, cuando entré por la puerta me sentí de nuevo como un titán de acero, inbatible, invariable, estoico ante un mar de óxido que no para nunca de embestir.
Desde aquel día en adelante me convertí en un barco a la deriva que sabía muy bien donde dirigirse, sin tripulación abordo, sombrío, con la sala de máquinas llena de folios llenos de letras, llenos de palabras, llenos de recuerdos.
En el cuaderno de vitacora la última frase lo dice todo y no dice nada. Dice:
"Vamos a morir todos, la fuga en imparable", pero, ¿acaso sólo los marineros murieron?
Yo creo que el capitán del barco no hablaba de sus hombres, condenados, sino de todas las personas, del mundo.
Todos moriremos, la fuga, no por la que entra el agua, sino por la que se escapa la vida, es imparable.
¡Cuánta razón tienes capitán sin tripulación! Ahora me siento en tu sillón y contemplo el mar que te vió nacer, y que te vió morir.
Me quedé encallado en mis memorias, hasta que la marea me devolvió a tu orilla de blancura.
Me llamaste Holandés Errante, yo te llamé sirena. Pero ni yo soy holandés, ni tu medio-pez, ¿no es cierto?
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