después.

Se acercaron a la mastaba, la divisaron. A lo lejos. El caudillo disparo al cielo con su fusil, sargento le reprendió por hacer lo que hizo. El caudillo se disparo en la cara y el sargento se lleno de sangre oscura y brillante. La mastaba les había corrompido, a ambos. El sargento, que odiaba su vida, huyó de aquel lugar, de aquel cuerpo de carne, huesos y cada segundo pasado menor cantidad de sangre, de sangre. Desparramada por la arena, desparramada por los ojos, desparramada por doquier. Y el sargento no hacía más que correr, pero no se alejaba.

Algo le atraía al caudillo, algo le atraía: la mastaba. Se erigía como un monumento funerario al recién fallecido caudillo, ya sin sangre ninguna en las venas. El desierto se había bebido hasta la última gota del negro elixir. Como el caudillo se había pegado el tiro en la cara ahora estaba irreconocible absolutamente, era macabro, obsceno, suculento y delicioso manjar para la vista cruel de la sombra de la mastaba que disfrutaba proyectándose sobre el magnífico espectáculo de trocitos de carne diseminados en el circundante espacio del tumbado cuerpo caudilloso.

El sargento no podía más, estaba exhausto. Necesitaba agua, que llego a sus manos, y la bebió sin reconocer su sabor ni procedencia: era la sangre de su amado, amado caudillo. Despertó el sargento de tan perfecto fúnebre sueño, las temperaturas bajaban y bajaban y el sargento cogió su pistola y se voló la cabeza como hacia tan solo tres segundos que lo había hecho su caudillo.

Así es, el sargento experimentó lo que se conoce como “delirium tremens”, es decir, vivió un autentico descenso a la locura, con alucinaciones y horror en tan solo unos instantes y sin moverse del sitio, aunque a él le parecieron horas. (Pobre sargento, pobre sargento)

¡Delicioso! ¡Delicioso! La mastaba tenía que estar encantada con el fabuloso espectáculo que presenció. Maravilloso, orgiástica de placer, llena de algarabía y regocijo al ver, como, en la ardiente locura de su reino, dos hombres se quitaban la vida.

¡Qué día tan perfecto! ¡Qué jornada más gloriosa!

Ojalá pudiese repetirla a menudo, porque fue realmente satisfactoria en todos los aspectos.
La mastaba se fue apagando conforme el sol fue descendiendo. Los cuerpos desaparecieron poco a poco, con el tiempo, y la mastaba siguió allí.

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