Me siento como el místico que fue capaz de unir dos errores para crear un acierto.
Por un momento en mi vida he abandonado el pesado lastre que me ha atormentado continuamente, día tras día.
Ahora, como los brujos confabuladores, sólo soy capaza de materializar sueños en cristal de explosión, ¿cómo? No lo sé.
Sé tres cosas, la primera, que ahora he trascendido por séptima vez y me dirijo a un nuevo horizonte de reflexión personal y felicidad individual marcada por las huellas de los que me rodean, las sombras y las luces y la Luz divina del entendimiento pleno en la gruta del olvido.
La segunda, que la felicidad no es un ideal, aunque la felicidad siempre guarda la semilla de la infelicidad, se puede controlar su germinación.
La tercera, que supone la más elevada observación del hombre moderno, y por consiguiente la esencia verdadera y absoluta de todo cuanto el ser humano ha deseado jamás comprender, o simplemente atisbar a través del cristal tintado de la subjetividad humana, es un secreto irrevelable.
Y ahora, me siento como luz pura, derramándome sobre las dunas de ocre que conforman su delicado cuerpo. Un cuerpo, que aparte de absorber el aire estancado en mis pulmones, es tan suave que realmente podría ser el cuerpo de un ser etéreo.
Acurruco mi rostro en su nuca y aspiro la fragancia de la vida.
Poco a poco, mi dependencia crece hacia esa extraña fusión de elementos.
Nada me evita de su atracción celestial aunque prefiero evitar cualquier comparación con la religión, ya que ELLA es terrenal, orgullosa de ello, ella es la naturaleza de la mujer enfrascada en la bella botellita de perfume.
Mi alma hace pellas de mi cuerpo cuando mi mente piensa en ella, mi corazón no se resiste y acaba huyendo de mi caja torácica para residir junto al suyo, recoger brevemente el latido, la cadencia, el ritmo de su corazón y retornar más tarde otra vez a mi pecho.
Tantos sentimientos inexpresables. Esta entrada no pretendía ser más que una puerta trasera a lo que le acontece a mi yo más profundo, el barquero que guía la barca por el río y cuida de no extraviar su precido cargamento, un corazón, una mente y un alma.
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